jueves, 1 de mayo de 2014

¿Por qué existe "oscuridad" en el mundo?

Muchas veces nos preguntamos... ¿Por qué pasan tantas cosas malas en el mundo? 

Os dejo con la parábola de la pequeña alma y el Sol:

<<Había una vez un alma que sabía que ella era la luz. Era un alma nueva, y, por lo tanto, ansiosa por experimentar. "Soy la luz -decía-. Soy la luz." Pero todo lo que supiera al respecto y todo lo que dijera al respecto no podían sustituir a la experiencia. Y en la esfera de la que surgió esta alma no había sino luz. Todas las almas eran grandiosas, todas las almas eran magníficas, y todas las almas brillaban con el brillo imponente de Mi propia luz. Así, la pequeña alma en cuestión era como una vela en el Sol. En medio de la más grandiosa luz -de la que formaba parte-, no podía verse a sí misma, ni experimentarse a así misma como Quien y Lo Que Realmente Era. 




Sucedía que esta alma anhelaba una y otra vez conocerse a sí misma. Y tan grande era su anhelo, que un día le dije:
- ¿Sabes, pequeña, qué deberías hacer para satisfacer este anhelo tuyo?
-¿Qué, Dios Mío? ¡Quiero hacer algo!- me dijo la pequeña alma.
- Debes separarte del resto de nosotros -respondí-, y luego debes surgir por ti misma en la oscuridad.
- ¿Qué es la oscuridad? -preguntó la pequeña alma.
- Lo que tú no eres -le respondí, y el alma lo entendió.

Y eso hizo el alma, apartándose del Todo, e incluso yendo hacia otra esfera. En esta esfera el alma tenía la facultad de incorporar a su experiencia todo género de oscuridad. Y así lo hizo.

Pero en medio de toda aquella oscuridad, gritó:
- ¡Padre, Padre! ¿Por qué me has abandonado?
Igual que vosotros en vuestros momentos más negros. Pero Yo nunca os he abandonado, sino que estoy siempre a vuestra disposición, dispuesto a recordaros Quiénes Sois Realmente; dispuesto, siempre dispuesto, a recibiros en casa.



Así pues, sé la luz en la oscuridad, y no la maldigas.
Y no olvides Quién Eres mientras dura tu rodeo por el camino de lo que no eres. Pero alaba la creación aunque trates de cambiarla.>>



Conversaciones con Dios (I)
Neale Donald Walsch
P. 43-44

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