martes, 5 de abril de 2016

Otro día en la biblioteca.

De nuevo, esta mañana me he levantado con la intención de estudiar un rato en la biblioteca. Me preparo, cojo mis cosas y voy para allá.

Al llegar, miro hacia la mesa en la que me suelo sentar para ver si hay sitio. Es pronto, aún hay asientos vacíos y puedo colocarme en la mesa reservada para personas con ordenadores portátiles. Elijo un sitio; ya me he sentado otras veces en él, aunque me suele dar igual en cuál ponerme. Me doy cuenta de que en la mesa hay una persona que no había visto nunca, y otra que llevo viendo varios días. Somos los del club del ordenador. Aunque nadie aún lo sabe.

Me siento, saco mi netbook del bolso y lo enchufo. Me gusta colocarme mirando hacia la puerta para observar quién entra. A veces pienso que no debería, porque en ocasiones me despisto más de lo que quisiera. Pero me gusta, de vez en cuando, hacer una pausa y descansar la vista de la pantalla para mirar a los estudiosos, todo concentrados en sus menesteres.

De momento sólo estamos 3 personas en la mesa reservada para portadores de ordenador. Al poco tiempo de colocarme, llega otra compañera de mesa (unos 30 años), a ésta sí que la conozco de otros días. Al parecer, la joven que no había visto hasta ahora, se sentó en el sitio que la recién llegada suele ocupar, así que tuvo que cambiar. Se colocó no justo en frente de mí, sino una silla más a la izquierda. Siempre va muy abrigada; creo que lleva bastante tiempo resfriada, y se la nota cansada. De vez en cuando tose. A ver si se mejora de una vez, hombre.

Me parece curioso el juego de miradas. Parece que si miras a alguien y ese alguien te mira, las miradas se repelen. Hay que ver, qué tímidos somos. O quizás no queremos entrometernos en la privacidad del otro y por eso rápidamente miramos para otro lado para que el otro no se sienta violento, porque la mirada es de lo más personal e íntimo que hay. Ayer mismo, unos señores mayores (que van habitualmente también a leer allí el periódico), comenzaron una conversación en alto, llamando la atención a todos los estudiosos (todas las cabezas y cuerpos giran para comprobar qué sucede -salvo los ensimismados en sus tareas, o aquellos con auriculares que les impiden darse cuenta de lo que está sucediendo-). Ayer estaba esta compañera de mesa en su sitio habitual, y tras mirar a los ancianitos "susurrando" a su modo, nos miramos. La sonreí a modo cómplice, como sueles hacer con un amigo al que no hace falta decir nada, porque ya sabes a qué te refieres con un sólo gesto. Sería eso lo que falló; para mi sorpresa, mi compañera de mesa, con su mirada seria no correspondió con otra sonrisa. Bueno, pues nada. Sigamos con lo nuestro, ¡no te distraigas tanto, Ana Luz!

Media hora más tarde, llega otro joven (diría que casi treintañero) que suele llegar a esas horas; ya le esperaba. Se sentó delante de mí, justo al lado de la joven acatarrada. Los tres nos conocemos, pero como si no. Sigue asustándonos el mirarnos y sonreirnos de manera cómplice, en silencio. Me gusta mirar a la gente de vez en cuando, pero tengo que conformarme con fijarme en personas de mesas más lejanas. Si mis compañeros de mesa me ven observarles, no sé qué pensarían... No, no soy una psicópata. Me gusta mirar a la gente, disfruto fijándome en sus gestos, sus facciones, me dicen muchas cosas bonitas. A veces me sonrío con gestos que expresan "apuf, a ver cómo es esto, que no me entra en la cabeza", o los señores mayores entrando a paso de tortuga a por su periódico favorito.

Cuánto tiempo compartido en un espacio silencioso con las mismas personas, y al final no sé ni cómo se llaman. Será por aquello de tener que estar en silencio. Pero qué genial es el silencio... realmente no hace falta hablar, basta con una simple mirada. Se me ha ocurrido que un día puedo llevar una bolsa de golosinas, y ofrecerle al resto, sin decir ni "mu". Me parecería genial. Pero... ¿cómo creéis que reaccionarán mis compañeros de mesa? Lo cierto es que me sale la vergüenza... Pero me encantaría hacerlo. ¿Lograré vencer mis preconcepciones de persona adulta sosalindrona? Todo sea por crear un pequeño lacito allá donde sólo hay entes aislados, tan juntos, pero separados al mismo tiempo.

Ana Luz, deja de distraerte. Oye, yo estudio, de verdad. Pero los descansos, en silencio, también son necesarios.




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